La Creación

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jueves, 21 de abril de 2011

Arte Islámico del Museo Británico

Nuestros antecedentes históricos nos obligan (moralmente) a conocer hoy lo básico de la cultura islámica. Seguramente todos los andaluces a lo largo de nuestra vida hayamos pisado o, simplemente observado, algún lugar construido por esta cultura tan elegante y rica en todos lo sentidos, desde lo artístico hasta lo científico. Por ello y porque me apasiona el arte árabe he decidido hacer una entrada dedicada a sus obras de arte expuestas en uno de los museos más prestigiosos del mundo, el Museo Británico de Londres.

La historia del islam comenzó en Arabia en el año 622 d.C., cuando el profeta Mahoma emigró de la Meca a Medina y estableció una comunidad de creyentes.Tras su muerte el liderazgo de la comunicad islámica pasó a una serie de califas hasta llegar al primo del profeta, Alí, y de él a otra rama de la familia, la dinastía Omeya. Los Omeya gobernaron en Damasco hasta mediados del siglo VIII, cuando fueron derrotados por los abasíes de Bagdad. Ya por entonces el mundo islámico se extendía por Afganistán, Irán e Irak, Siria, Egipto y desde la costa norte de África hasta el oeste de España. Se construyeron mezquitas y universidades como centros de enseñanza del islam.

Los conquistadores árabes respetaban mucho las culturas preislámicas, como los antiguos reinos semíticos de Saba, Qatabán y Hadrumat. Los eruditos árabes e iraníes preservaron, tradujeron y copiaron los manuscritos matemáticos y científicos griegos, mientras que la Europa medieval los ignoró.

El mundo islámico desarrolló características comunes, como la lengua del Corán, el árabe. La caligrafía adquirió una importancia vital, ya que la palabra escrita tenía un gran significado (el Corán era la palabra literal de Dios tal y como se la reveló a Mahoma en árabe, por ello se convirtió en la lengua común). Todo ello hizo que los diseños de cada palabra, aunque fuesen textos minúsculos, se hicieran con gran precisión, esmero y elegancia.

Otra característica fue la falta de figuras humanas y animales en contextos religiosos, que alentó el uso de diseños geográficos y abstractos, incluidos los magníficos motivos de plantas estilizadas conocidos como arabescos.

Hay que destacar también que a partir del siglo IX, el comercio en oriente introdujo las sedas y porcelanas chinas que tendrían un profundo efecto en el diseño textil y cerámico, y en la tecnología. Asimismo, a partir de la segunda mitad del siglo XII los orfebres del este del mundo islámico adoptaron nuevas técnicas de incrustación de objetos de latón con cobre, oro y plata. Se introdujeron nuevas ideas del comercio con Europa, que dieron pie, por ejemplo, a la industria veneciana de vidrio esmaltado y fomentaron el uso de incrustaciones de metales preciosos en recipientes de latón.




Sala 34, "El Mundo Islámico"  21cm x 21cm 
Otomano, cerca de 1550 de Iznik, Turquía moderna.
  
Este conjunto de cuatro azulejos pintados de vivos colores, fue parte de un grupo mucho mayor que abarcaba una gran superficie, como pueden verse hoy en Turquía en el interior de numerosos edificios importantes de la época otomana. Se pueden ver pequeños tallos que se entremezclan con flores y hojas azules sobre un fondo blanco, parecido a la porcelana. La llama roja distintiva es una característica del estilo maduro de la cerámica de Iznik. Su origen es de una tierra roja rica en hierro, se utilizaba también como base para el dorado en tablas de madera. Esta decoración de azulejos se puso de moda durante los años 1550 y 1570 en Estambul.


Sala 34, "Mundo Islámico" 23cm x 21cm
De Siria, 1330-1350, es la Botella del Peregrino

La forma del frasco recuerda a las botellas de agua que se hacían de cuero para los viajeros medievales, siendo plana a un lado (el que se ve) y curva al otro. Sin embargo, es lógico pensar que éste no fuese  fabricado para ser colgado de la montura de un caballo (ya que parece demasiado lujoso), aunque probablemente su producción tuviera como fin la venta a algún peregrino en Tierra Santa. 

Los esmaltes de colores vivos y dorados dan un efecto de lujo, que disfraza la calidad, más bien pobre, del frasco. 




Sala 34 "Mundo Islámico" 45cm  x 76cm
De El Cairo, Egipto, 967 d.C.

Panel de mármol esculpido de un cenotafio. En la estricta doctrina islámica se prohíbe la construcción de tumbas elaboradas, por lo que con frecuencia el difunto era conmemorado con cenotafios.

La majestuosa inscripción cúfica dice "En el Nombre de Dios Misericordioso".









Sala 34 "Mundo Islámico" 21cm (diámetro)
Desde Kashan, Irán, 1187 d.C.

Cuenco de cerámica firmado por Abu Zaid. Fechado 583 por de Muharram (primer mes del año islámico)/ marzo-abril de 1187 d.C.

Es uno de los cinco producidos por el famoso alfarero Abu Zaid en Muharram. Ésta técnica decorativa de cerámica, era considerada un lujo y se llamada mina'i (cerámica esmaltada). Requiere dos fases de cocción en la que algunos de los colores se aplican sobre el vidriado transparente y otros por debajo. Se pueden apreciar ciertos detalles, como por ejemplo, el ciprés y el estanque con peces, característicos del jardín de un noble.



Sala 34 "Mundo Islámico" 2.5cm (diámetro), 7.73gr.

Dinastía Artuqí (en la provincia de Diyarbakir, hoy al sureste de Turquía), 1144-1167 d.C.

Se trata de una serie única de monedas de bronce cuyo origen turcomano data entre los siglos XII-XIII, en una zona conocida como Yazira o "la isla entre el Tigris y el Eufrates". Sus diseños forman parte de una compleja y desigual gama.

Ésta perteneció a un gobernante de la dinastía Artuqí, Fajr al-Din Qara Arslan (reinó durante 1144-1167). A un lado de la moneda se ve la figura de un hombre, mientras que en el reverso aparece una serie de inscripciones, seguramente con motivos religiosos.



Sala 34 "Mundo Islámico" 27.3cm (altura), 44.10 (diámetro) Otomano, 1530-1540 d.C. Turquía.

Cuenco de cerámica procedente de Esminra, Turquía. Fabricado en las famosas alfarerías de Esmirna. Este magnífico cuenco con pie está elaboradamente decorado con flores y hojas pintadas  en color morado, verde, azul y negro, previo al vidriado.

Pudo haber sido utilizado para el lavado de los pies del sultán Solimán II Qanuni, conocido como "el Magnífico". Los motivos que se ven en el exterior son  diferentes de los que posee en la cara interna. Es una bella obra de arte.




Visualizar más piezas de la colección aquí

viernes, 1 de abril de 2011

Los Dos Pasteles del Orsay

El Museo d'Orsay es, sin duda, una de mis pinacotecas favoritas. Engloba gran parte de la pintura impresionista más importante de esa fantástica vertiente de arte, además de Escultura (La mujer picada por una serpiente, de Jean-Baptiste; Joven bailarina, de Edgar Degas; La puerta del Infierno en yeso y El hombre que camina, los dos de Auguste Rodin, y una larga lista de maravillosas obras más). Además también presume de tener una colección única en Artes decorativas, Arquitectura y Fotografía.

El museo está instalado en una antigua estación construida en 1900 por el arquitecto Victor Laloux. Inaugurado en 1986. Se sitúa en el centro de París, a orillas del Sena, en el barrio de faubourg Saint-Germain, frente al jardín de las Tullerías, con el Louvre a la derecha y más allá, tras los puentes, la silueta del Grand Palais.

Con respecto a la pintura, hablamos de los maestros del impresionismo (Manet, Renoir, Monet, Bazille, Degas, Cézanne, Van Gogh, y muchos más), del neoimpresionismo (Georges Seurat, Signac, Matisse, Toulouse-Lautrec, Rousseau, Gauguin, Émile Bernard, etc.), naturalismo (León Bonnat, Édouard Detaille, Jules Bastien-Lepage, Valentin Alexandrovitch Serov...) y el simbolismo (Gustave Moreau, Odilon Redon, Fernand Khnopff, Winslow Homer y muchos más). También del ingrismo y el romanticismo (Jean-Auguste-Dominique Ingres y Eugène Delacroix, respectivamente, ambos del siglo XIX, son representantes de un estilo peculiar, a caballo entre lo clásico y innovador. Ingres realzaba las curvas femeninas haciendo líneas onduladas perfectas, aportando realismo al mismo tiempo. Delacroix supo fundir los colores intensos y crear armonía. Yo destacaría, en el Orsay, La fuente, de Ingres, y La caza de los leones, de Delacroix), incluso del realismo y orientalismo. Podría seguir citando estilos y pintores hasta la noche...

Pero yo quería centrar esta entrada (ya, algo extensa), en dos cuadros realizados con el mismo material que me cortaron la respiración cuando tuve el privilegio de caminar por esos pasillos. Se trata de la técnica del pastel. El pastel es un material denso que no necesita diluyentes, es rápido y fácil de usar, aunque no por ello dibujar a pastel resulta tarea fácil, de hecho, se trata, en mi humilde opinión, de una técnica frágil que precisa mucha minuciosidad y un gran talento. Desde bien pequeña ya me resultaba laborioso utilizarlos y por ello admiraba (y admiro) tanto el trabajo que conllevan. No es una técnica común, no es que no sea conocida, sino que pocas obras conocidas de los grandes pintores se realizaron a pastel.


Degas (1834-1917):

Bailarinas (Pastel de 75x73cm)

Maestro en todas las técnicas (óleo, mina de plomo, lápiz, acuarela, carboncillo), Degas enriqueció la del pastel combinándola o uniéndola a otras.

Desde 1869, esta técnica se impondría en la su obra, tras una estancia en Boulogne donde pintó una serie de marinas. Durante los años 1873-1878, sus investigaciones tuvieron principalmente por objeto el París nocturno, los cafés y los lupanares, así como los espectáculos de ballet y ópera.

Este cuadro en concreto entró en el Orsay en 1997, muy importante para la vida del artista. Degas alternaba cada pasada de pastel con zonas en las que se deja ver el papel, con color gris destacó la tristeza de esa pequeña sala donde las bailarinas se ponían a punto.



Manet (1832-1883):
                                                                                                   Retrato de Irma Brunner o La mujer del                 sombrero negro (Pastel de 54x46cm)
El pastel más exquisito de todos los que he visto. Será por lo que admiro un buen retrato o por la sencillez que hay en sus trazos, la claridad de su piel, que resalta aún más esos labios rojos... y por supuesto, su sombrero majestuosamente colocado en su cabello color azabache...

Desde mediados de los años setenta, por motivos de salud, Manet se dedicó cada vez más a ejecutar retratos femeninos en la técnica del pastel. Posan para él sobre todo sus amigas, a quienes fascinaba el modo en que el artista captaba su imagen.

El retrato de Irma Brunner, que le había sido presentada por una conocida común, es uno de los más espectaculares. Su perfil tan delicado evoca a las damas del Renacimiento italiano. Aprovechando a fondo el efecto aterciopelado y difuminado del pastel, Manet juega con contrastes del tono. Ejecuta el equilibrio perfecto entre la figura luminosa y el fondo neutro.



También es importante decir que la pintura de Manet resaltaba la belleza sofisticada de sus modelos, mientras que Degas pretendía indagar en lo más profundo del alma de sus personajes.